Deuda buena vs. deuda mala: cómo priorizar lo que debes

Mirador Financiero · Organiza tu dinero

Seguro que conoces a alguien que haya pedido un préstamo personal para pagar las vacaciones de verano. Siete mil euros, 36 meses, tipo de interés del 8,5%. Unas vacaciones de siete mil euros que al final cuestan más de nueve mil, financiadas a plazos.

Este es un ejemplo perfectamente representativo de cómo la mayoría de personas se relaciona con la deuda: sin calcular el coste real, sin priorizar, sin una estrategia. La deuda no es buena ni mala por naturaleza. Lo que la convierte en un problema es no entender cuándo tiene sentido y cuándo no.

La distinción que importa

La idea de «deuda buena» y «deuda mala» es útil como punto de partida, aunque en la práctica la frontera entre las dos depende menos del tipo de deuda y más del coste que tiene y de lo que financia.

La deuda que financia un activo que genera valor o se revaloriza —una hipoteca sobre una vivienda que sube, un préstamo para formación que aumenta la capacidad de ingresos— puede tener sentido aunque tenga un coste. La deuda que financia consumo que desaparece —unas vacaciones, un televisor, ropa— tiene difícil justificación financiera si el tipo de interés es alto, porque el bien ya no existe cuando todavía estás pagando por él.

Pero incluso esa distinción tiene sus límites. Una hipoteca a tipo variable en un entorno de tipos al alza puede convertirse en una carga difícil de gestionar aunque financie un activo real. Y hay situaciones en que endeudarse para consumo tiene sentido si el tipo es bajo y la alternativa es liquidar ahorros en un mal momento de mercado. La variable que manda no es el propósito de la deuda. Es el coste.

El coste real de la deuda: el cálculo que nadie hace

El tipo de interés nominal que aparece en el contrato no es el coste real de la deuda. El indicador correcto es la TAE —Tasa Anual Equivalente—, que incluye comisiones, gastos y la frecuencia de las liquidaciones. Toda oferta de crédito en España está obligada a indicarla, pero no todo el mundo la mira.

Más allá de la TAE, el cálculo que casi nadie hace es el del coste total en euros. No el tipo porcentual, sino cuánto dinero sale de tu bolsillo en concepto de intereses durante la vida del préstamo. Un préstamo personal de 10.000 euros al 9% a 5 años tiene una cuota mensual aparentemente manejable —unos 207 euros— pero genera 2.420 euros de intereses. Por cada 10.000 euros prestados, devuelves 12.420.

Ese número —el coste total en euros, no el porcentaje— es el que cambia la percepción de lo que cuesta realmente una deuda. Y es el que conviene tener delante antes de firmar cualquier cosa.

Cómo priorizar cuando debes en varios sitios

Tener varias deudas simultáneas es más habitual de lo que parece: hipoteca, coche, tarjeta de crédito, quizá un préstamo personal de hace años. La pregunta relevante es cuál atacar primero cuando hay capacidad de amortización anticipada.

La respuesta matemáticamente correcta es siempre la misma: primero la deuda más cara. No la más grande, no la que tiene la cuota más alta, no la que psicológicamente más pesa. La que tiene el tipo de interés más elevado, porque es la que más dinero te está costando por cada euro pendiente.

Una tarjeta de crédito al 22% TAE es un problema mucho más urgente que una hipoteca al 3%, aunque el saldo de la hipoteca sea cincuenta veces mayor. Cada mes que tardas en liquidar la tarjeta, ese saldo crece a un ritmo que ninguna inversión razonable puede superar.

Hay quien prefiere el método contrario: liquidar primero las deudas más pequeñas para reducir el número de acreedores y ganar sensación de control. Psicológicamente tiene cierto efecto motivador. Matemáticamente es más caro. Cada uno decide qué pesa más en su caso, pero conviene saberlo.

La hipoteca: el caso especial

La hipoteca merece un apartado propio porque es la deuda más grande que contrae la mayoría de personas y porque las decisiones sobre ella tienen un impacto enorme a largo plazo.

En España, la amortización anticipada de hipoteca tiene ventajas fiscales para quienes compraron su vivienda habitual antes de 2013. La deducción por inversión en vivienda permite deducirse el 15% de las cantidades pagadas —capital amortizado más intereses— con una base máxima de 9.040 euros anuales. El ahorro fiscal máximo es, por tanto, 1.356 euros al año, independientemente de tu nivel de ingresos: la deducción opera directamente sobre la cuota del IRPF, no sobre la base imponible, así que el porcentaje es fijo para todo el mundo.

Lo que sí varía según cada contribuyente es cuánto margen le queda hasta ese límite. Quien ya paga 9.040 euros anuales en cuota ordinaria de hipoteca —capital más intereses— ya está en el techo y una amortización anticipada adicional no genera deducción adicional. Quien paga menos, porque la hipoteca sea pequeña o está muy amortizada, puede usar la amortización anticipada para llegar hasta los 9.040 y aprovechar el límite completo. En ese caso, cada euro extra amortizado hasta el techo tiene un retorno fiscal garantizado del 15%, lo que en el entorno actual de tipos es difícil de superar sin riesgo.

Para quien compró después de 2013, esa deducción no existe, y el análisis cambia. La decisión de amortizar anticipadamente depende del tipo de interés de la hipoteca y de la rentabilidad que puedes obtener con ese mismo dinero en otro lado. Con una hipoteca al 3% y la posibilidad de obtener un 4% en un fondo monetario o una cuenta remunerada sin riesgo, la aritmética favorece no amortizar. Con una hipoteca variable que ha subido al 4,5% y una inflación que erosiona el ahorro, el análisis se invierte.

No hay una respuesta universal. Hay un cálculo que conviene hacer cada vez que cambian las condiciones. Si quieres ayuda con ese cálculo, utiliza la calculadora hipotecaria de Mirador Financiero.

Cuándo amortizar y cuándo invertir

Esta es la pregunta que más veces surge cuando alguien tiene capacidad de ahorro y deudas pendientes al mismo tiempo. La respuesta depende del tipo de interés de la deuda comparado con la rentabilidad esperada de la inversión.

Si la deuda cuesta más de lo que razonablemente puede rendir la inversión, amortiza. Si la deuda cuesta menos y el horizonte de inversión es suficientemente largo, puede tener sentido invertir. El problema es que la rentabilidad de la inversión es incierta —puede ser mayor o menor de lo esperado— mientras que el ahorro de intereses por amortizar es garantizado.

Esa asimetría entre lo garantizado y lo probable inclina la balanza hacia la amortización en más casos de los que la teoría pura sugeriría. Sobre todo si hay deudas a tipos altos, si el horizonte de inversión es corto, o si la volatilidad del mercado no es algo con lo que el inversor pueda convivir cómodamente.

La regla que simplifica todo

Antes de contratar cualquier deuda nueva, tres preguntas: ¿cuánto me cuesta en euros totales, no en porcentaje? ¿Qué estoy financiando con ella y cuánto durará ese bien o servicio? ¿Tengo ya un fondo de emergencia que cubra imprevistos sin necesitar más deuda? [ENLACE INTERNO: artículo A4 — fondo de emergencia]

Si las respuestas no convencen, la deuda probablemente tampoco. Y si ya se tiene deuda pendiente, la regla es igual de sencilla: atacar primero lo más caro, nunca dejar que la tarjeta de crédito acumule saldo al tipo revolving, y no añadir nueva deuda de consumo mientras haya deuda cara sin liquidar.

No es una estrategia sofisticada. Es la que funciona.

Nota: Este artículo es de carácter exclusivamente informativo y educativo. Mirador Financiero no presta servicios de asesoramiento financiero. Ante cualquier decisión relevante sobre tu deuda o tu patrimonio, consulta con un profesional cualificado que conozca tu situación personal.

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